miércoles, 16 de junio de 2010

Una historia de amor

Amor es llevar 25 años de compartir vida, aunque la persona amada haya quedado ciega y ya no sea posible mirar juntos los atardeceres. Estar 25 años -y contando- con una persona que no puede escuchar ni un 'te amo' desde su nacimiento, sordomudo.
Yo puedo preciarme de haber tenido la oportunidad y el gusto de conocer un amor así: Dos viejitos que iban a comer a la fonda de Marisa, vecina de mi amiga Susana ahí en la Unidad Habitacional Santa Fé.
Nunca supe sus nombres, y si los dijeron, no los recuerdo. No sé que sea de ellos, si aún viven o si sólo vive uno o ninguno. Sólo se que la historia de sus vidas, sus vidas juntas, debe haber sido hermosa, además de difícil.

"Así como lo ve, éste tenía unas pompis que ¡Uy, paraban el tráfico!" Su compañero sordo, sonríe con sus torcidos dientes ancianos. Se ve feliz, de sólo sentir el contacto de la mano amada.

"Se merece el Óscar, el Óscar del pozole. Ojalá lo hagan más seguido" Dice, de manera muy simpática, para elogiar la comida del día. Me rompió el corazón su cara de tristeza cuando le dijimos que era nuestro último día abriendo. Recuerdo que dijo algo así como: "Y ahora ¿Dónde vamos a comer?" Lo sentí como un niño pequeño, perdido, que no sabe dónde hallar comida, a pesar de que cerca habían otras cocinas.
Me caló profundamente ese día. Aún hoy recuerdo sus caras.
El hombre, sordomudo, era alto y daba la impresión de haber sido algo fornido -¿Buenas pompis aún?- con una barba de candado un poco descuidada y ¿algo dispareja? caray, se me escapan esos detalles. Ya no tenía pelo en la coronilla, ni en la mayoría de la cabeza, de simpática forma ligeramente cónica. Era un poco bizco, fruto de la ceguera quizá. Sus dientes eran disparejos, bastante encimados y algo amarillos ya por la edad. Tendría unos 60 años, aunque soy mala calculando edades. Caminaba lento, ayudado de un bastón y de la siempre dispuesta mano-guía de su pareja de los últimos 25 años, de quien recibía señas de la comida del día, en su propia mano:
-Sopa... --Y hacía un pocito con una mano, como hace quien toma agua de alguna fuente y fuera a beberla-- ... de tortilla --Volteando la mano repetidas veces: palma, dorso, palma...

Al entender la seña, su compañero asentía, sonriente y rompía la cara seria de concentración en el tacto.
A veces lo "regañaban": al comer el arroz, tiraba varios granos afuera del plato, a los lados o al piso:

-Ay éste, ya anda haciendo su reguero... --Algo así recuerdo que decía.

El otro hombre -¿Olvidé mencionar que era una pareja formada por dos hombres?- era comparativamente bastante más bajito y delgado. Bastante menudito y usaba siempre sombrero de tela y lentes bifocales (que en ciertos ángulos hacían ver muy grandes sus ojos), además de un bastón. También tenía un simpático bigote, algo ralo ya, que era de un gris más oscuro que sus blancos y escasos cabellos. Lo recuerdo con un saco beige, que hacía buena combinación con el sombrero, que era más bien café.

Caminaban ambos muy lentamente, tomados del brazo.
Ese último día, nos contaron un poco de su historia de amor, de cómo la familia de uno decía del otro que era como "un moco": siempre pegado.
Amén de lo despectivo que parece haber sido, el anciano de los lentes lo recordaba todavía con cierto resentimiento. Él fue la voz de la historia, pues su compañero no hablaba. Me dió un cierto coraje también pensar el los desaires que el pobre tuvo que sufrir para estar con esa persona que amaba...
Es una historia que me conmueve mucho, me hace sentir los ojos vidriosos el recordarla a detalle... Quisiera ver sus caras una vez más, decirles lo mucho que los he admirado desde entonces, y que formarán parte de mis memorias, parte de mí... Podría decirse que los quise, y los quiero desde entonces. Los recuerdo con cariño.

Me da orgullo poder haber conocido a los dos, su historia de un modo breve. Me siento muy afortunada.
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Dedicado a tí, porque después de verte me sentí muy conmovida a escribir -¡por fin! estos bellos recuerdos. Te quiero.